oído el rey. Pero Dios permitió, asimismo, para la salvación
del príncipe sacrificado, que el señor Fouquet
tuviese a su vez un amigo devoto, conocedor del secreto de Estado, y con aliento
bastante para publicar
aquel secreto después de haberlo tenido para aguardarle por espacio de
veinte años en su corazón.
--No digáis más, --repuso Fouquet ardiendo en ideas generosas;
--os comprendo y lo adivino todo. Al
saber que yo estaba arrestado, os habéis abocado con el rey, al ver que
vuestras súplicas no le ablandaban.
le habéis amenazado con revelar el secreto, y Luis XIV, asustado, ha
concedido al terror lo que había nega-
do a vuestra generosa intercesión. Comprendo, comprendo, vos tenéis
en el puño al rey; comprendo.
--Ni pizca, --replicó Aramis. A fe, no valía la pena de que me
interrumpierais otra vez. Además, y con
perdón sea dicho, descuidáis demasiado la lógica y no hacéis
el uso debido de vuestra memoria.
--¿Por qué?
--¿En qué he basado yo el principio de nuestra conversación?
--En el odio que me profesa Su Majestad, odio invencible, pero ¿qué
odio es capaz de resistir a la ame-
naza de tal revelación?
--Aquí es donde falsea vuestra lógica. ¡Cómo! ¿vos
creéis que de haber hecho yo tal revelación, estaría
vivo en esta hora?
--Apenas hace diez minutos que os habéis separado del rey.
--¿Y qué? no hubiera tenido tiempo de hacerme matar; pero sí
el suficiente para hacerme amordazar y
sepultar en una mazmorra. Vaya, más firme en el raciocinio, ¡voto
a mil bombas!
Por tal exclamación del mosquetero, resbalón de un hombre que
siempre caminaba con pies de plomo,
Fouquet pudo comprender a qué grado de exaltación había
llegado el sereno y reservado obispo de Vannes.
--Además, --continuó éste último después
de haberse calmado, --¿sería yo quien soy, un amigo verda-
dero, si a vos a quien ya el rey os odia, os expusiera a ser juguete de una
pasión todavía terrible de aquél?
Que le hubierais robado la hacienda y galanteado a su concubina, ¡pase!
Pero tener en vuestras manos su
corona y su honra, primero os arrancaría el corazón con sus propias
uñas.
--¿Luego no le habéis dejado entrever el secreto?
--Antes me hubiera tragado todos los venenos que Mitrídates se bebió
en el espacio de veinte años para
ver si de esta suerte conseguía no morirse.
--¿Qué habéis hecho pues?
--Ahí está el quid, monseñor. Paréceme que voy a
despertar vuestra curiosidad. ¿Continuáis prestándo-
me oído atento?
--¡Pues no he de escucharos! Decid.
Aramis dio una vuelta alrededor del aposento para cerciorarse de que nadie podía
escuchar, y luego se
volvió a sentar junto al sillón en el cual Fouquet aguardaba con
profunda ansiedad sus revelaciones.
--Había olvidado haceros sabedor de una particularidad notable referente
a los mellizos de que estamos
hablando, --repuso Aramis, --y es que Dios los ha criado tan semejantes entre
sí, que únicamente él, si les
citara ante el tribunal, los podría distinguir uno de otro. Ana de Austria,
con ser madre de ellos, no lo con-
seguiría.
--¡Es imposible! --exclamó Fouquet.
--Nobleza de facciones, andar, estatura, voz, todo en ellos es igual.
--Pero ¿y el pensamiento, la inteligencia, la ciencia de la vida?
--En esto hay desigualdad, monseñor. El preso de la Bastilla es incontestablemente
superior a su herma-
no, y si la pobre víctima pasase de la prisión al trono, tal vez
desde su origen Francia no habría tenido un
soberano más grande en cuanto a la inteligencia y a la nobleza de carácter.
Fouquet bajó la frente bajo el peso de aquel secreto terrible.
--También hay desigualdad para vos entre los dos gemelos hijos de Luis
XIII, --repuso Aramis acer-
cándose al superintendente y prosiguiendo su obra de tentación;
--y la desigualdad, en este punto, está en
que el último nacido no conoce a Colbert.
Fouquet se levantó con las facciones pálidas y alteradas. La saeta
había dado en el blanco, pero no en el
corazón, sino en el alma.
--Ya, --dijo el superintendente, --me proponéis una conspiración.
--Casi, casi.
--Una tentativa de esas que cambian la faz de los imperios, como me habéis
dicho al principio de esta
conversación.
--Pero, --replicó Fouquet después de penoso silencio, --vos no
habéis reflexionado que esta revolución
política es para trastornar a todo el reino, y que para arrancar de cuajo
el árbol de infinitas raíces a que lla-
man un rey y sustituirlo por otro, nunca estará la tierra lo suficientemente
apelmazada para que el nuevo
soberano quede al abrigo del viento de la borrasca pasada y de las oscilaciones
de su propio cuerpo.
Aramis volvió a sonreírse.
--Tened en cuenta --continuó Fouquet enardeciéndose con la eficacia
del talento que concibe un pro-
yecto y lo madura en pocos segundos, y con la amplitud de miras del que prevé
